Pingüino pollo - Foto de D. Demangel

Aunque formando parte de la Región del Bosque Valdiviano (o Bosque Laurifolio), que prácticamente ocupa toda la Región de Los Lagos, la isla de Chiloé tiene algunas particularidades. Por lo pronto, en su bosque sumamente denso son especialmente abundante las mirtáceas: arrayán, meli, luma, murta, murta blanca, peta, tepú… Si a estos árboles sumamos al ulmo, entendemos, además, por qué Chiloé es uno de los principales productores de miel de este país.

En la costa exterior, expuesta a un océano poco pacífico, algunos árboles, como el tepú y el olivillo, resisten heroicamente los avatares del clima y ofrecen refugio a quien lo necesite. También leña y calor a canoeros o pescadores que han arriesgado desde siempre la vida en la cotidiana aventura que es, simplemente, el subsistir en el Pacífico Sudoriental.

No son pocos los productos de la flora nativa que dan variedad a la dieta del hombre y de otros animales: la frutilla (cuyo nombre científico en latín es Fragaria chiloensis), la murta y el cauchau (fruto de la luma), los chupones, los tallos del pangue (nalcas), la chaura y el brecillo, el calafate y el michay, las avellanas.

Pero en esta diversidad desenfrenada, tal vez nada llama más la atención que las vestiduras vegetales de los troncos añosos: son la abundantes epífitas, o plantas que viven sobre las plantas, como las enredaderas, helechos, musgos o líquenes que cobijan, además, un mundo enigmático de pequeños animalillos inesperados.

La mayor parte de la fauna es recatada, discreta y más bien tímida. No existen los depredadores mayores (como el puma o el culpeo) ni los grandes herbívoros como el guanaco. Tampoco las aves estrambóticas como el ñandú ni los primitivos armadillos. Sólo la pequeña güiña y el exiguo zorro chilote cumplen honestamente con el rol de carnívoros tope, mientras el tímido y tierno pudú es el herbívoro mayor y el sensible monito del monte hace lo posible por pasar desapercibido entre los matorrales de quila, comiendo bichos y algunos frutos. Las aves del bosque, en cambio, gustan de la notoriedad: el pequeño y encantador chucao y algunos de sus parientes, como el hued-hued, expresan su presencia con atronadores gorjeos, incoherentes con su módico tamaño; choroyes y cachañas dan fe de su condición de loros con su lenguaje escandaloso y desmedido, mientras bandadas de rayaditos hacen ostentación de su aparente alegría. Bastante más responsable, el pájaro carpintero trabaja afanosamente para ganarse el sustento picoteando troncos de donde obtiene suculentas y presumiblemente sabrosas - larvas, en tanto el colorido Martín pescador, con paciencia oriental, se ubica como vigía en árboles ribereños desde los cuales se abalanza para capturar sus acuáticas presas. Los abundantes picaflores asumen juiciosamente su rol de polinizadores principales, mientras liban el energético néctar que les permitirá mantener el alto metabolismo que exige su vida de voladores tenaces e impenitentes. En la nocturnidad del bosque, en tanto, chunchos y concones se arrogan con responsabilidad el papel de temibles exterminadores de ratoncillos silvestres.